La otredad

“El desarrollo de la identidad genérica depende, en el transcurso de la infancia, de la suma de todo aquello que los padres, los compañeros y la cultura en general consideran propio de cada género en lo concerniente al temperamento, al carácter, a los intereses, a la posición, a los méritos, a los gestos y a las expresiones. Cada momento de la vida del niño implica una serie de pautas acerca de cómo tiene que pensar o comportarse para satisfacer las exigencias inherentes al género.” (Kate Millett, Política Sexual)

Así, al hombre se le presupone una fortaleza y una agresividad y en base a ello se le socializa como tal, perteneciente al género masculino, siempre el rol activo. Mientras que a la mujer se le asigna el rol pasivo, la fragilidad y el sentimiento, preparándola desde niña para los cuidados y la reproducción, base fundamental de su desigualdad social. Es por ello que el mundo ha sido visto siempre -y así lo es todavía- dese el punto de vista masculino, asumiendo que la mujer, la hembra humana, es la otredad. El género, ese constructo social que se nos impone nada más nacer, resulta ser inevitablemente un yugo del que necesitamos deshacernos si queremos hacer caer el sistema patriarcal. 

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